Viviendo las 3R de la paz

Actividad #1

Te invitamos a ver el siguiente corto animado ilustrado, El puente:

Como pudiste ver en este divertido corto, sólo cuando logramos tener en cuenta nuestros propios intereses y también los intereses del otro, ¡podemos llegar a acuerdos y resolver conflictos efectivamente!

Rosa

El amor tejido entre retazos

Rosa es una mujer valiente que ha sabido afrontar las dificultades que se le han presentado en la vida. Nació en el municipio de Barbosa Antioquia, en el seno de una familia humilde. Su papá se llamaba Miguel Ángel y su mamá Ana Carlina, quien murió cuando Rosa era muy pequeña. Dado que su papá, por un conflicto, fue a prisión, Rosa creció sola.
Lo que más recuerda de Barbosa, su ciudad natal, es la casa donde vivían; era una casita muy pequeña, con el piso en tierra, tenía solamente una pieza y la cocina, y afuera había muchos árboles. Recuerda que eran muy pobres y que en una banquita se sentaba con sus hermanos al levantarse todos los días: “y éramos todos así encurumiditos en una banca que había ahí y nos sentábamos todos así encurumiditos a esperar los tragos cuando se levantaba mamá. Cuando eso yo tenía 6 ó 5 años”.
La muerte de su mamá fue el momento de la infancia que recuerda con mayor tristeza. Sus hermanos y Rosa tuvieron que separarse y seguir por partes distintas: “en la muerte de mi mamá yo me sentí totalmente sola. Nadie de la familia nos quiso recoger a mis hermanos y a mí. El menor ni siquiera caminaba, tenía menos de dos años. Todos crecimos en familias totalmente diferentes, no eran familiares ni nada”.
Una señora, Aurora, recogió a Rosa y la cuidó. Se convirtió en su madrastra o mamá de crianza. Pero el trato que Rosa recibía de ella estaba muy lejos de lo que una niña necesita para sentirse querida.
Rosa recuerda con tristeza que no tuvo infancia: “cuando vivía con la señora que me crió, ella me levantaba, me ponía a lavar el corral de los pollos, a echarle agua a las matas, a hacer un poco de oficio para poderme ir a estudiar, y a mí me encantaba ir a estudiar. Mi sueño era estudiar y ser azafata que para volar en aviones y me encantaba eso. Pero no se pudo; yo solamente pude estudiar hasta cuarto de primaria y con ese poquito de estudio pude sobrevivir”.
Hubo varias ocasiones en su infancia y adolescencia en las que sintió mucho miedo por posibles violaciones sexuales: “Yo me aferraba al recuerdo de mamá. Yo siempre decía: “Hay amasita cuídame, amasita, amasita”. Rosa está convencida de que su mamá siempre la cuidó porque en los momentos en que casi era violada, alguien aparecía, o ella se lograba escapar.
La señora Aurora era muy agresiva y la había amenazado varias veces. Le decía “vos te largás de aquí y yo te busco así sea debajo de las piedras y te mato”. Esto le generó a Rosa, un delirio de persecución. Al final, vivió con ella hasta la edad de 12 años porque se cansó de sus maltratos y esto la impulsó a escaparse de la casa: “Me fui cuando tenía 12 años y me puse a trabajar en una casa de interna y allí duré hasta los 15 años; luego en otra casa hasta los 17.
Ya de ahí conocí a una amiga que vivía acá en La Ceja y me vine con ella a vivir acá. Allí, conocí el que hoy en día es mi esposo. Entramos a trabajar en una floristería y él trabajaba ahí entonces ahí nos conocimos y nos hicimos novios y empezamos a conversar y a los 6 meses nos casamos”.
Actualmente tiene 6 hijos y 15 nietos, a quienes quiere muchísimo. Hoy en día todos sus hijos están casados y realizados con sus familias. Rosa considera que su mayor fortaleza son sus hijos: “desde que los tuve yo pensaba en verlos realizados pues que tuvieran sus familias, que todos crecieran sanos y aliviados y poderles dar una casa propia. Hoy en día ya tengo la casa propia.” Labora en una casa de familia donde recibe las prestaciones sociales y sus patrones la tratan muy bien.
En su matrimonio, ella y su familia han pasado por tiempos difíciles. Hubo un tiempo en que su esposo estuvo sin trabajo y sus hijos eran pequeños; ella también se quedó sin trabajo, los echaron de la casa donde estaban viviendo, les tocó pedirle ayuda a la mamá de su esposo, y ella les dio un ladito porque no había piezas.
Dormían en un colchón en la sala. Después, tuvieron que salir de ahí: “…derrotados nos tocó vivir en una terraza casi a la intemperie, nos hicimos un ranchito con plástico y cocinábamos en un fogoncito de leña en el piso y nos daban agua los vecinos para bañarnos, lavábamos la ropa en el piso, ese tiempo también me afectó mucho.”
Luego de un tiempo, ella volvió a trabajar por días y le pagaban diez mil pesos el día; con esto compraba comida para los niños. Afortunadamente sus hijos más pequeñitos estaban en la guardería y allí les daban alimentación. Las hijas más grandecitas estaban en la escuela y a veces le tocaba recibirlas con arepita sola con aguapanela, sin mantequilla ni nada porque no le alcanzaba para más. Después, cuando Rosa y su esposo volvieron a conseguir empleo, pudieron arrendar una casita pequeñita en el sector El Tambo.
Para Rosa, los mayores aprendizajes de esos momentos difíciles fueron la paciencia y el coraje para superar las contrariedades. Ella no se dejó llevar por la tristeza; se concentró en sacar a su familia adelante: “mis hijos dicen que yo soy una heroína porque a pesar de todo lo que me tocó, no los levanté a ellos con maltratos. Yo siempre quise darles lo que yo no tuve: mucho amor, quise darles estudio hasta donde ellos quisieron.”
Agradece profundamente a Dios porque nunca aguantaron hambre; siempre había así fuera un arrocito solo, o una aguapanela con arepa, cualquier cosita, y sus hijos lo reconocen: “ellos mismos dicen, nosotros tuvimos tiempos muy difíciles pero nunca aguantamos hambre”.
Hablando del municipio que la acogió, La Ceja, recuerda que hubo una época de mucha violencia. Esto marcó a Rosa porque cuando se escuchaba la explosión de una bomba, ella siempre pensaba en su familia y si alguno de sus miembros no estaba en la casa, se angustiaba y pensaba: “ay ojalá que esté bien, que no le haya pasado nada. Gracias a Dios estos sucesos no me afectaron directamente ni a mí ni a mi familia.”
Ahora se siente muy agradecida y satisfecha de lo que ha logrado: “Gracias a Dios yo me siento muy rica ya con esta casita y con el empleo que tengo.” Siente que sus mayores logros son tener casa propia y tener a sus hijos criados. En este momento Rosa quisiera construir el segundo piso, para tener la posibilidad de arrendarlo y contar con unos ingresos fijos que le permitan dejar de trabajar. A sus hermanos los pudo ver después y, a hoy, mantiene contacto telefónico con ellos.

Escrita por Leidy Ríos

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Te presentamos las obras artísticas de los protagonistas de Artistas Constructores de paz.

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Tómate unos segundos para reflexionar…

¿Te preocupas por hacerle al menos una llamada a aquellos seres que amas y están lejos de ti?

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El amor tejido entre retazos
Artista: Rosa Agudelo y familia
Colcha de retazos con tela